Eugene Delacroix (1798-1863) fue el mayor representante de la pintura romántica en Francia y un protagonista activo en la política de su tiempo. Aunque se formó en el taller de pintor Pierre-Narcisse Guérin (donde coincidió con Géricault) siguiendo los modelos del Neoclasicismo; pronto se alejó del estilo académico bajo las influencias de Rubens y los pintores de la escuela veneciana.

Delacroix, La matanza de Quíos (1824)

Delacroix consideraba la imaginación como la cualidad más importante para el artista: “esa delicadeza de los órganos que hace ver donde los demás no ven, y que hace ver de modo diferente”. Su estilo busca presentar el instante, con el predominio del color y la mancha sobre la línea, jugando con contornos borrosos, sin preocupación por el detalle…Muchos vieron más bocetos que obras terminadas en sus cuadros y eso le valió fuertes críticas y controversias, especialmente en el Salón. Sus composiciones escapan del estudio académico del arte clásico.

Presentó al Salón de 1824 su obra La matanza de Quíos (1824), al igual que La balsa de la Medusa trata un tema de actualidad, en este caso un episodio de la Guerra de la Independencia de Grecia que tanto implicó a los románticos, especialmente a Lord Byron. La composición rompe con los esquemas clásicos, vaciando el centro, un espacio hueco que se adentra en el desolado paisaje del campo de batalla. Los vencidos aparecen agotados y pasivos, ante la fuerza arrogante y la crueldad del vencedor. La pintura se aplica con manchas espesas y cargadas, los contornos se disuelven, mientras la luz y el color se potencian.

La barca de Dante (1822)es un auténtico homenaje a La balsa de la Medusa, pero también muestra su gusto por la literatura y los temas dramáticos. Los movimiento teatrales de los personajes les hacen ganar expresividad, mientras el color potencia los efectos dramáticos. Características que se repiten en La muerte de Sardanápalo (1827-28).

Delacroix, La muerte de Sardanápalo (1827-28)

Una de sus obras más emblemáticas es La libertad guiando al pueblo (1830), una alegoría que sirvió de modelo a la Estatua de la Libertad. El propio pintor se retrata en las barricadas de París, mostrando su compromiso político y artístico con la Revolución.

Delacroix, El Mulay Abderraman, Sultán de Marruecos (1845)

El combate de Giaour y Hassan (1826) ejemplifica una de las características que hemos comentado del romanticismo es su gusto por lo exótico pero, en la mayoría de los casos, el acercamiento a otras culturas se hacía desde los tópicos, el desconocimiento y la distancia. Delacroix fue de los pocos que quiso conocer de primera mano la realidad de otros pueblos, realizó un viaje a Marruecos en 1832, tras el fracaso de la revolución. Recogió sus notas y dibujos en un álbum del norte de África y España (1832).

La temática oriental y musulmana acaparó gran parte de su obra, abandonado la extravagancia y fantasía con que los había tratado anteriormente, subrayando las los gestos y las composiciones. Su técnica evoluciona, siendo más rápida, la luz se vuelve más intensa, también los colores donde predominan los puros y potentes (amarillo, rojo, naranja, azul, verde…), y van desapareciendo los tonos terrosos. Sirva como ejemplo El Mulay Abderraman, Sultán de Marruecos, saliendo de su palacio de Meknes rodeado de su guardia (1845).

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