Diego de Silva y Velázquez (1599-1660), nació en Sevilla. La ciudad vivía por entonces su época dorada, convertida en la ciudad más importante de España gracias a la centralización del comercio con las Indias. (Pintura Barroca Española)

Etapa sevillana

Su formación como pintor se desarrolló en el taller de Pacheco, un artista cotizado y un importante teórico de la pintura que otorgaba gran importancia al dibujo en detrimento del color. Velázquez no se limitó a seguir los preceptos de su maestro, pronto sus obras ganaron en observación, realismo, movimiento y expresión, siendo visible la influencia del tenebrismo de Caravaggio1.

Velázquez, El aguador de Sevilla, 1623

De esta época se conservan algunas obras religiosas, como La Adoración de los Reyes Magos; pero destacan sus obras costumbristas que nos muestran escenas cotidianas cargadas de realismo, como El aguador o La vieja friendo huevos. En estas obras demuestra su dominio de las técnicas lumínicas, su amor por el realismo y su extraordinaria calidad a la hora de mostrar las texturas.

Pintor de Corte

Se trasladó a la Corte donde en 1623 logró el puesto de pintor de cámara. Contó con el apoyo de su maestro y del Conde Duque de Olivares. Desde este puesto realizó una gran cantidad de retratos de la familia real, con todo el aparato simbólico que conllevaba, pero no se olvidó de su profundo realismo, especialmente en los temas populares (que siguió cultivando) y en los mitológicos (de los que se ocupó por influencia de Rubens2) como podemos ver en El triunfo de Baco.

Primer viaje a Italia

El consejo de Rubens de visitar Italia para continuar su formación como pintor, junto con la ayuda del Rey, llevaron a Velázquez al país transalpino en 1629. Este viaje marcó al artista que se alejó del tenebrismo para enriquecer los colores de su paleta, complicar las composiciones y aumentar las expresiones de sus personajes. La influencia clásica le lleva a preocuparse por el desnudo y a trabajar la perspectiva aérea que marcó el resto de su obra. Obras como La túnica de José o La fragua de Vulcano permiten observar la evolución temática, compositiva y cromática.

Velázquez, La Fragua de Vulcano

Regreso a la Corte

Regresa a la Corte para realizar sus mejores retratos: Príncipe Baltasar Carlos a caballo, Retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares y la serie de retratos de Felipe IV. Los retratos de Velázquez eliminan los fondos escenográficos para sustituirlos por paisajes serranos cercanos a Madrid que acentúan la grandeza de las figuras. Los símbolos del poder real y su iconografía se acentúan, sin abandonar la parte humana pues se pueden considerar retratos psicológicos. Destacan los retratos de Felipe IV a Caballo (1634) y el Retrato del Conde Duque de Olivares (1634), auténticas representaciones del poder. En el retrato de El príncipe Baltasar Carlos a caballo (1635) utiliza pinceladas rápidas, abocetadas y de enorme precisión, anteceden en dos siglos los modos impresionistas.

Velázquez, Retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares

Velázquez no sólo retrató a reyes y nobles cortesanos, también realizó una serie de cuadros donde los bufones que pululaban por la Corte para divertimento de los poderosos sirvieron de modelo. El pintor los retrató desde un profundo respeto, con dignidad y profundidad psicológica, estos cuadros le sirvieron para introducir técnicas novedosas. Podemos citar como ejemplos los retratos de el Bufón Calabacillas (1637-9), El niño de Vallecas, (1643-45) o Diego de Acedo, o de los filósofos y personajes clásicos representados como mendigos, es el caso de Esopo.

Obra maestra de esta etapa fue la Rendición de Breda (Las lanzas). Los generales centran la composición, rodeados por los soldados (representados por sus lanzas) en un fondo brumoso de batalla en el norte de Europa

Segundo viaje a Italia (1649)

Velázquez realizó un segundo viaje a Italia en 1649 con la misión de adquirir obras italianas para las colecciones reales. Durante este viajes realizó dos importantes cuadros: el Retrato de Inocencio X, culmen de la inconografía papal; y el de su propio criado Juan de Pareja.

Durante su estancia en Italia pintó dos pequeñas pero muy significativas obras, los Jardines de la Villa Medici, la pincelada se vuelve suelta, apenas golpes de pincel, y juega con la variación lumínica que luego utilizó en los fondos de sus retratos. Fueron un claro precedente de la pintura la aire libre y del movimiento impresionista que de desarrolló en el siglo XIX.

Retorno a la Corte (1651)

Su última etapa en la Corte le sirvió para realizar algunas de sus obras maestras como La Venus del espejo (1650), Las Meninas y Las Hilanderas, obras cumbre del barroco y de la pintura universal.

Las Meninas representa el momento en que la Infanta Margarita entra en la sala donde Velázquez retrata a los reyes. El artista elabora una magnífica galería de retratos, incluido un autorretrato. Juega con la luz y la penumbra para crear una sensación de profundidad inigualable. Este cuadro es el mejor ejemplo de lo que conocemos como perspectiva aérea: la representación del aíre que existe entre las figuras.

Velázquez, las HIlanderas

1Seguramente conocía su obra por copias llegadas hasta la ciudad.

2Presente en la Corte en 1628.

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