La Paz Armada fue el nombre que se le dio a un periodo histórico (1871-1914) en el cual las potencias europeas no protagonizaron grandes enfrentamientos militares, pero era palpable la tensión política y económica entre ellas. Todas las potencias esperaban el futuro estallido de la guerra por lo que prepararon sus arsenales y firmaron diversas alianzas.

Gran Bretaña vivía la época victoriana (1837-1901) la más brillante de su historia. Era el Estado hegemónico en el mundo. Sus sistema político era una monarquía democrática y liberal que no han abandonado hasta nuestros días. Tres partidos (Tories, Whigs y Laboristas) acaparaban la mayor parte de la representación. Su política exterior estaba volcada en el colonialismo, aislándose de los asuntos del continente europeo.

Francia era la otra gran democracia. Desde 1870 desarrolló su III República. Los republicanos moderados y radicales, junto con los partidos obreros herederos de la Internacional eran los más importantes. Su política exterior también miraba hacia las colonias, pero sin olvidar los territorios de Alsacia y Lorena perdidos ante Alemania.

La Alemania unificada desde 1871 (II Reich) estaba gobernada de forma autoritaria por Guillermo I y Bismarck. Existía un parlamento donde predominaban los conservadores y un fuerte partido socialdemócrata, aunque sus decisiones quedaban supeditadas a la “razón de Estado”. Su desarrollo industrial fue espectacular, se convirtió en la segunda potencia (tras Gran Bretaña). Siguiendo con la tradición prusiana Alemania era un país muy militarizado en el que el Estado Mayor tenía gran influencia. Su política exterior miraba más a Europa que a las colonias, estaba marcada por el pangermanismo y la creación de un espacio vital para el pueblo alemán (lebensraum). Desde 1888 el nuevo emperador, Guillermo II, cambió su política hacia las colonias creando una marina de guerra que pudiera competir con la británica.

Europa oriental estaba dominada por los grandes imperios supranacionales, con grandes territorios pero con importantes problemas internos.

El Imperio Ruso estaba gobernado de forma absolutista por el Zar. Dominaba amplios territorios en Europa y Asia, con gran potencial demográfico. El atraso económico y el mantenimiento del sistema señorial eran un lastre para su desarrollo. Los intentos reformistas de Alejandro II fueron insuficientes y Nicolás II (1894) reforzó el absolutismo. La derrota en la guerra contra Japón y las protestas de 1905 hicieron tambalear su poder.

El Imperio Austro-Húngaro estaba estancado. Sin grandes reformas políticas y manteniendo el poder de la aristocracia. Las minorías nacionales que convivían en su seno comenzaron a reclamar autonomía.

El Imperio Otomano estaba en franca decadencia política. Mantenía un régimen autocrático. Debía enfrentarse a las tensiones nacionalistas balcánicas y árabes, y a la ambición de Austria y Rusia.

 

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