Pablo Picasso encontró en el cubismo un nuevo camino para desarrollar su arte. Tras varias etapas coincidió en París con Matisse, quien le recomendó que llenara de color sus cuadros. Sin embargo, tras contemplar La alegría de vivir, entendió que no podía competir con Matisse en el uso del cromatismo.

La Exposición homenaje a Cézanne organizada en París en 1907 fue una auténtica epifanía para el pintor malagueño, que vio en el uso de las formas geométricas para dar consistencia a la obra y en los cambios de perspectiva una forma nueva de representación. Casi al mismo tiempo descubrió, gracias a Matisse, el arte africano que luego estudió en el Museo del Trocadero.

Con estas influencias pintó Las señoritas de Avignon en 1907. Una obra revolucionaria donde desaparece la profundidad y el volumen, las formas se reducen a formas geométricas y se multiplican los ángulos visuales. Destaca la falta de naturlismo, la falta de detallismo y la influencia del arte primitivista. Esta obra compleja no fue entendida ni por los más cercanos amigos del pintor, pero dio origen la cubismo, pero también influye de manera clave en el futurismo y el arte abstracto.

El nombre de cubismo se lo debemos, de nuevo, al crítico Louis Vauxcelles, quien afirmó ante un cuadro de Braque (Casas en l’Estaque, 1908) que el artista había presentado: un cuadro hecho de cubitos. Sin embargo, la aceptación de este término por los historiadores del arte puede general confusión, pues el cubismo avanzó hacia la descomposición de la forma.

El hermetismo y la dificultad para la identificación del tema en las pinturas cubistas, puso a Picasso y a Braque al borde de la abstracción (pinturas sin referente externo a la obra), para evitar ese camino introdujeron en la obra referentes reales (los collages) y letras.

 

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